Pescador de sonrisas
Durante sus innumerables paseos por la ciudad, no dejaba de contemplar los momentos mágicos de las escenas urbanitas que se repetían a su derredor, las historietas cargadas de comedia y su lado más cómico, la imagen legendaria de una vida surrealista que se mostraba ante sus ojos. La tragedia y el drama, las debilidades humanas, el fanatismo y las prisas.
El afán del artista que siente el reclamo de su obra al alcance de su mano.
Era un día de fiesta, a sus oídos llegaron los sonidos metálicos de unos amplificadores que procedían de una calle aledaña a la plaza, junto a la iglesia. Desde lejos contempló un corrillo de chiquillos sentados en el suelo frente a una caseta de títeres, de muñecos de cuerdas, de marionetas y escuchó sus carcajadas por encima de la música, por encima del golpeteo del garrote de un personajillo contra un diablo vestido de rojo, a la vez que se escuchaba el ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! , del personajillo vestido de soldado, y el ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!, del diablejo.
Se situó junto a un lateral, y empezó a tomar instantáneas del momento, a capturar los momentos idílicos de aquella tropa de risueños semblantes, con su cámara fotográfica. Capturaba el tiempo, capturaba la vida, capturaba sobre todo la sonrisa, la alegría, la dicha jovial de los infantes que con placer y regocijo batían palmas y chillaban al unísono, entusiasmados con la representación de aquellos muñecos de pasta adornados con lucidos y coloridos ropajes cual disfraces carnavalescos.
Cuando terminó de pescar las sonrisas de todos los niños, guardó su cámara en su estuche y se alejó caminando despacio. Los niños dejaron de sonreír. ¿Sería porque el teatro había corrido las cortinillas para cambiar de escenario?.
Al llegar a casa, su ama de llaves le dijo que la niña estaba en el jardín jugando ha componer un puzzle de considerable tamaño.
- Hola, hijita Le dijo al verla sentada en su silla de ruedas-
- Hola, papi. Contestó con una expresión triste y melancólica.
Le dio un beso con todo el cariño del mundo, pero ella mantuvo su expresión huraña.
- Quiero hacerte una fotografía, intenta sonreír, por favor.
- No puedo, papi.
- Inténtalo hija, por favor, sino saldrás muy fea y tú no querrás salir fea en una foto, ¿verdad?. Eres muy guapa, ¿lo sabías?. La niña más guapa de todo el mundo.
- Si, pero no puedo levantarme de esta silla, no puedo correr, no puedo salir sola a la calle con mis amigas, no puedo
Él tomó su cámara, miró a través del visor y creyó verla esbozar un tenue movimiento de labios. Estaba radiante. Aprovechó para tomar una instantánea. Su hija sonrió levemente.. Disparó otra y la niña dibujó una sonrisa transparente. Con la siguiente toma sus blancos dientes asomaron en una carcajada.
El fotógrafo había visto antes esa expresión. En la cara de los niños frente al guiñol.
-Así me gusta verte, hija, risueña y alegre, con esa chispa jovial, no la pierdas nunca. Me haces sentirme tan dichoso al verte irradiar esa dicha de placer. Eres toda una princesa.
Cuando en la tienda de fotos le dijeron que todo el carrete estaba velado, se maldijo a si mismo por haber perdido la sonrisa de su hija, y maldijo aquella vieja cámara fotográfica rescatada del desván una semana atrás cuando hacia algo de limpieza.
- Usted me aseguró que la cámara funcionaba bien, ¿qué ha ocurrido?.
- Mire, algunas veces sucede que el carrete está mal. Pasa una vez de cada millón y esta vez le ha debido de tocar a usted. A su cámara de fotos no le ocurre nada, es antigua, pero funciona. Le pondré otro carrete, es gratis, por cuenta de la casa.
En la plaza, al sol, unos niños jugaban a ser los reyes del balón del mañana, entre el bullicio y la contemplación de los padres y madres sentados en los bancos, -atentos a veces, otros despistados-, de las evoluciones de sus primogénitos. La luz era buena, su cámara estaba preparada para unas instantáneas. Uno de los niños tropezó en el preciso instante que él apretaba el botón de disparo, cayó al suelo, sus rodillas al aire se quemaron al contacto con las baldosas y unos rasguños afearon su delicada piel con hilillos rojos. Tomó otra foto. El niño empezó a llorar. Una de las madres se levantó corriendo y se acercó con aspavientos de reproche primero y de cariño después hacia su hijo. Pescó un nuevo momento. Pescó el llanto del niño. Ahora su madre lo sostenía en brazos, le pareció una escena muy tierna y tomó varias muestras de ella. De ese instinto maternal. De ese llanto que va pasando. Su última foto fue un primer plano de la cara del niño con una lágrima en la mejilla y un pañuelo materno que secaba otra lágrima ya semicontenida y ahogada en el otro pálido moflete del chiquillo.
Cuando terminó de pescar el llanto, dejó atrás aquel enternecedor momento y regresó a casa, deseaba hacer unas nuevas fotografías a su hija, unas iguales a las del dia en que la vio risueña y jovial. Quería tener ese recuerdo. Olvidó, quiso olvidar el mal regusto que llevaba por el estropicio de aquel defectuoso carrete, eso es, lo olvidaría si hoy conseguía fotografiar a su hija con el mismo talante.
- ¡¡ Papi, papi, papi ¡¡ - exclamó ufana al verle
- Hijita. ¡Que contenta estás, princesa!
- Si, papi. Mañana es el cumpleaños de una amiga. Me llevarás. ¿Verdad que sí, papi?
- Claro que si hija. Saldremos de compras y tú misma le elegirás el regalo. Ahora voy a hacerte unas fotos.
- Píntame guapa, papi.
- No es necesario hijita, tú ya lo eres.
Al enfocar el visor sobre el rostro de su hija, vio un halo de tristeza reflejado en él. Tembló muy ligeramente al apretar el disparador. Los labios de su hija se constriñeron en una mueca, se arrugaron hacia dentro. Una más. Su rostro se convirtió en un poema. La última foto. Juraba que sería la última foto, y la hizo. Captó unos ojos vidriosos, y una lágrima traicionera resbaló por de entre sus pupilas, de entre sus grandes y preciosos ojos gris-azulados.
Dejó la cámara de fotos en el suelo, casi golpeándola y se acercó a su hija.
- ¿Qué te ocurre princesa?
- Te quiero mucho, papi
Le limpió el mar salado que le corría por su sonrosado moflete con su dedo índice y le dio un besito pequeñito en el mismo lugar.
El fotógrafo aficionado había visto esa expresión en la cara del niño del parque y su pauta de conducta hacia su hija era la misma de aquella madre.
Aquella antigua cámara fotográfica jamás volvió a plasmar una instantánea en papel. Todo los intentos fueron en vano. Todos los carretes velados. Pero se siguió utilizando. Utilizando tan sólo para pescar sonrisas, tan sólo sonrisas.
Muchos años después, críticos artísticos no podían llegar a entender como una mujer que se movía a golpes de muleta, cojeando, podía ser tan exquisita, expresar tanta realidad en sus fotografías, tanta calidad humana. Y siempre sonreía, siempre.
El afán del artista que siente el reclamo de su obra al alcance de su mano.
Era un día de fiesta, a sus oídos llegaron los sonidos metálicos de unos amplificadores que procedían de una calle aledaña a la plaza, junto a la iglesia. Desde lejos contempló un corrillo de chiquillos sentados en el suelo frente a una caseta de títeres, de muñecos de cuerdas, de marionetas y escuchó sus carcajadas por encima de la música, por encima del golpeteo del garrote de un personajillo contra un diablo vestido de rojo, a la vez que se escuchaba el ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! , del personajillo vestido de soldado, y el ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!, del diablejo.
Se situó junto a un lateral, y empezó a tomar instantáneas del momento, a capturar los momentos idílicos de aquella tropa de risueños semblantes, con su cámara fotográfica. Capturaba el tiempo, capturaba la vida, capturaba sobre todo la sonrisa, la alegría, la dicha jovial de los infantes que con placer y regocijo batían palmas y chillaban al unísono, entusiasmados con la representación de aquellos muñecos de pasta adornados con lucidos y coloridos ropajes cual disfraces carnavalescos.
Cuando terminó de pescar las sonrisas de todos los niños, guardó su cámara en su estuche y se alejó caminando despacio. Los niños dejaron de sonreír. ¿Sería porque el teatro había corrido las cortinillas para cambiar de escenario?.
Al llegar a casa, su ama de llaves le dijo que la niña estaba en el jardín jugando ha componer un puzzle de considerable tamaño.
- Hola, hijita Le dijo al verla sentada en su silla de ruedas-
- Hola, papi. Contestó con una expresión triste y melancólica.
Le dio un beso con todo el cariño del mundo, pero ella mantuvo su expresión huraña.
- Quiero hacerte una fotografía, intenta sonreír, por favor.
- No puedo, papi.
- Inténtalo hija, por favor, sino saldrás muy fea y tú no querrás salir fea en una foto, ¿verdad?. Eres muy guapa, ¿lo sabías?. La niña más guapa de todo el mundo.
- Si, pero no puedo levantarme de esta silla, no puedo correr, no puedo salir sola a la calle con mis amigas, no puedo
Él tomó su cámara, miró a través del visor y creyó verla esbozar un tenue movimiento de labios. Estaba radiante. Aprovechó para tomar una instantánea. Su hija sonrió levemente.. Disparó otra y la niña dibujó una sonrisa transparente. Con la siguiente toma sus blancos dientes asomaron en una carcajada.
El fotógrafo había visto antes esa expresión. En la cara de los niños frente al guiñol.
-Así me gusta verte, hija, risueña y alegre, con esa chispa jovial, no la pierdas nunca. Me haces sentirme tan dichoso al verte irradiar esa dicha de placer. Eres toda una princesa.
Cuando en la tienda de fotos le dijeron que todo el carrete estaba velado, se maldijo a si mismo por haber perdido la sonrisa de su hija, y maldijo aquella vieja cámara fotográfica rescatada del desván una semana atrás cuando hacia algo de limpieza.
- Usted me aseguró que la cámara funcionaba bien, ¿qué ha ocurrido?.
- Mire, algunas veces sucede que el carrete está mal. Pasa una vez de cada millón y esta vez le ha debido de tocar a usted. A su cámara de fotos no le ocurre nada, es antigua, pero funciona. Le pondré otro carrete, es gratis, por cuenta de la casa.
En la plaza, al sol, unos niños jugaban a ser los reyes del balón del mañana, entre el bullicio y la contemplación de los padres y madres sentados en los bancos, -atentos a veces, otros despistados-, de las evoluciones de sus primogénitos. La luz era buena, su cámara estaba preparada para unas instantáneas. Uno de los niños tropezó en el preciso instante que él apretaba el botón de disparo, cayó al suelo, sus rodillas al aire se quemaron al contacto con las baldosas y unos rasguños afearon su delicada piel con hilillos rojos. Tomó otra foto. El niño empezó a llorar. Una de las madres se levantó corriendo y se acercó con aspavientos de reproche primero y de cariño después hacia su hijo. Pescó un nuevo momento. Pescó el llanto del niño. Ahora su madre lo sostenía en brazos, le pareció una escena muy tierna y tomó varias muestras de ella. De ese instinto maternal. De ese llanto que va pasando. Su última foto fue un primer plano de la cara del niño con una lágrima en la mejilla y un pañuelo materno que secaba otra lágrima ya semicontenida y ahogada en el otro pálido moflete del chiquillo.
Cuando terminó de pescar el llanto, dejó atrás aquel enternecedor momento y regresó a casa, deseaba hacer unas nuevas fotografías a su hija, unas iguales a las del dia en que la vio risueña y jovial. Quería tener ese recuerdo. Olvidó, quiso olvidar el mal regusto que llevaba por el estropicio de aquel defectuoso carrete, eso es, lo olvidaría si hoy conseguía fotografiar a su hija con el mismo talante.
- ¡¡ Papi, papi, papi ¡¡ - exclamó ufana al verle
- Hijita. ¡Que contenta estás, princesa!
- Si, papi. Mañana es el cumpleaños de una amiga. Me llevarás. ¿Verdad que sí, papi?
- Claro que si hija. Saldremos de compras y tú misma le elegirás el regalo. Ahora voy a hacerte unas fotos.
- Píntame guapa, papi.
- No es necesario hijita, tú ya lo eres.
Al enfocar el visor sobre el rostro de su hija, vio un halo de tristeza reflejado en él. Tembló muy ligeramente al apretar el disparador. Los labios de su hija se constriñeron en una mueca, se arrugaron hacia dentro. Una más. Su rostro se convirtió en un poema. La última foto. Juraba que sería la última foto, y la hizo. Captó unos ojos vidriosos, y una lágrima traicionera resbaló por de entre sus pupilas, de entre sus grandes y preciosos ojos gris-azulados.
Dejó la cámara de fotos en el suelo, casi golpeándola y se acercó a su hija.
- ¿Qué te ocurre princesa?
- Te quiero mucho, papi
Le limpió el mar salado que le corría por su sonrosado moflete con su dedo índice y le dio un besito pequeñito en el mismo lugar.
El fotógrafo aficionado había visto esa expresión en la cara del niño del parque y su pauta de conducta hacia su hija era la misma de aquella madre.
Aquella antigua cámara fotográfica jamás volvió a plasmar una instantánea en papel. Todo los intentos fueron en vano. Todos los carretes velados. Pero se siguió utilizando. Utilizando tan sólo para pescar sonrisas, tan sólo sonrisas.
Muchos años después, críticos artísticos no podían llegar a entender como una mujer que se movía a golpes de muleta, cojeando, podía ser tan exquisita, expresar tanta realidad en sus fotografías, tanta calidad humana. Y siempre sonreía, siempre.
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